martes, 28 de septiembre de 2010

¿Para qué una huelga general?

¿Para qué una huelga general?


Juan Manuel Aragüés, El Periódico de Aragón
Publicado en Rebelión, 26.6.2010


En un país como el nuestro, con una democracia de tan baja intensidad, con nula cultura de participación, gracias, en buena parte, a una dictadura de cuarenta años, con un tejido social muy débil, parece que se hace necesario explicar para qué sirve una huelga general. Especialmente cuando ya empiezan a machacarnos con argumentos tan peregrinos como que una huelga general no servirá para sacar al país de la crisis. Díaz Ferrán, ese dechado de amor a la patria, paradigma de empresario, crisol de virtudes, ejemplo de esfuerzo en el trabajo (¿cómo si no iba a amasar su considerable fortuna, sino trabajando muchas más horas que el resto de los mortales?), ya nos ha advertido, preocupado por el bienestar general, que una huelga es lo que menos conviene a nuestro país.

Habrá que coincidir con ciertas voces, en efecto, en que una huelga no va a servir para sacar al país de la crisis. Sin duda, como un libro no sirve para cascar nueces o un martillo no nos será útil para conectarnos a internet. Porque una huelga general no tiene ese cometido, entre otras cosas porque quienes la proponen y quienes la llevan a cabo no tienen los mecanismos para revertir una situación de crisis.

Dicho esto, dejando claro que quienes apoyamos una huelga general no lo hacemos pensando que vamos a sacar al país de la crisis de esa manera, ¿para qué, entonces, una huelga general? En este caso concreto, entiendo que la huelga no debe ir siquiera dirigida contra la reforma laboral propuesta por el Gobierno, sino que debe tener un objetivo mucho más serio y profundo: convertirse en voz de una ciudadanía que dice basta a un profundo proceso de agresión contra sus derechos sociales. Pues algo ha de quedar claro, y es que lo que nos jugamos en los próximos meses es que los verdaderos poderes que rigen nuestras vidas sepan a qué se enfrentan.

Si lo que van a tener enfrente es una ciudadanía movilizada, atenta a la defensa de conquistas históricas, o si se van a encontrar con un paseo triunfal, carente de obstáculos, en el que la reforma del mercado laboral y la rebaja del salario a los funcionarios no es sino un primer paso para posteriores medidas más profundas. El envite que nos hace el neoliberalismo más voraz se dirige al centro del estado de bienestar adquirido en Europa a lo largo del siglo XX, a nuestro sistema de salud, de educación, de pensiones.

Es decir, la huelga general tiene un objetivo fundamentalmente político, pues debe dejar claro a nuestros dirigentes políticos qué políticas no estamos dispuestos a aceptar. A los sindicatos, y ése es uno de los síntomas de su alejamiento de su cometido fundamental, recogido en sus propios documentos, la consecución de una sociedad más justa, la palabra "política" les provoca sarpullidos. Nada les inquieta más que una huelga que sea tachada de política, como se ha visto en otras convocatorias. Algunos entendemos que toda huelga es política, pues es una expresión de desacuerdo con decisiones políticas. Y en este caso, el objetivo político de la misma debería ser tomado como bandera. Porque, sin ninguna duda, hay otras políticas que las que se aplican, porque ese mensaje de que no se puede hacer otra cosa es el falso mensaje con el que ya nos martillean cada día para que asumamos el sacrificio quienes no hemos generado esta crisis, al tiempo que quienes la han provocado continúan aumentando sus beneficios. Claro que hay otras políticas, que implican la recuperación del control de la economía por los poderes democráticos, disputándoselo a las mafias económicas supranacionales, como el Fondo Monetario Internacional o el club Bilderberg, políticas que graven el flujo de capitales, que establezcan reglas del juego en el ámbito financiero, que adopten una fiscalidad progresiva, que socialicen los beneficios de bancos y cajas. ¿Quieren más propuestas? Hay muchas, muchísimas más. Y lo más curioso es que, probablemente, si se aplicaran esas medidas, además de salir de la crisis, el 80% de la población las encontraría razonables.

El problema es que quienes diseñan las políticas y quienes, a pesar de haber sido elegidos para representarnos, deciden someterse y arrodillarse ante sus señores, no están dispuestos a aplicar medidas que perjudiquen a esa exigua minoría que detenta el poder económico. Por eso, la batalla es política y la huelga general su instrumento indispensable. Si nos doblan el pulso, el capitalismo neoliberal más depredador nos saltará a la yugular. De nuestra respuesta depende que esa entidad difusa que es el mercado, carente de cualquier límite y control, se enseñoree de nuestras vidas y se imponga a la democracia o que sean las instituciones democráticas quienes tomen en sus manos las decisiones que afectan a la ciudadanía.

A eso debe contribuir una huelga general.

Juan Manuel Aragüés. Profesor de Filosofía de la Universidad de Zaragoza.

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