lunes, 30 de noviembre de 2015

De la necropolítica neoliberal a la empatía radical. Prólogo de Santiago López Petit


“La ‘necropolítica’ es la política basada en la idea de que para el poder unas vidas tienen valor y otras no". Esta contundente frase nos la dice Clara Valverde autora de De la necropolítica neoliberal a la empatía radical. Este libro nos desvela un exterminio silenciado: como los poderosos dejan morir a los excluidos. La necropolítica analiza la gestión de la muerte que practican nuestros gobernantes con recortes y políticas alimentan la desigualdad y la exclusión de nuestros cuerpos.
 

Clara Valverde Gefaell, su autora, es una escritora, activista y conferenciante especializada en biopolítica y vinculada a movimientos sociales como el #15M. Estudió enfermería y Counselling en Canadá y ha sido profesora de enfermería durante décadas. Es, también, autora de Desenterrar las palabras y No nos lo creemos.

Santiago López Petit, autor del prólogo, ha sido catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona. Formó parte de los movimientos obreros autónomos de los 70 y siempre ha mantenido una actitud crítica ante el presente. A continuación, adjuntamos el prólogo:




El poder es poder matar, y quien puede hacerlo, tiene el poder. Esta verdad simple, y a la vez esencial, ha sido siempre escondida porque es profundamente desestabilizadora. La «legitimación del poder» consiste, precisamente, en inventar una justificación que permita enterrarla. La religión o la filosofía política lo han hecho apelando a Dios, a la sociedad o al transcendental que en cada momento fuera más conveniente. Sin embargo, ha sido desde el interior del propio poder de donde ha surgido, posiblemente, la coartada más inesperada. Sucedió en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el antiguo Derecho de soberanía se abrió a un acercamiento a la vida con la excusa de protegerla. Fue así como el poder se vistió de biopoder, y decidió que no bastaba con disciplinar los cuerpos uno a uno, sino que había que regular un cuerpo que poseía innumerables cabezas, es decir, la población entera. Esta nueva tecnología del poder que Foucault llamó biopolítica estataliza la vida para poder optimizarla, y se autopresenta bajo un rostro más humano. Estadísticas, previsiones, mecanismos de regulación y de seguridad son las herramientas empleadas para gestionar cualquier amenaza imprevisible dirigida contra la población. El soberano «hacía morir o dejaba vivir», la biopolítica, en cambio, interviene para hacer vivir.
Ciertamente la otra cara del «hacer vivir» es el terrible «dejar morir», aunque este aspecto permanecía en un segundo plano. Incluso el propio Foucault se preguntaba: «Si de lo que se trata es de potenciar la vida (prolongar su duración, multiplicar su probabilidad, evitar los accidentes, compensar los déficits), ¿cómo es posible que un poder de este tipo pueda matar, exponga a la muerte no solo a sus enemigos sino a sus ciudadanos?» (Genealogía del racismo, Madrid, 1992: 263). Este «olvido» no resulta extraño ya que, desde la perspectiva del biopoder, la muerte aparentemente desaparecía de la esfera política y casi se transformaba en un asunto privado. Pero el abrazo del poder a la vida tiene mucho de engaño, y en ese «tomarla a su cargo» no se puede ocultar la asimetría que existe: la intervención sobre la vida presupone y requiere poder matar. Con lo que, finalmente, se desvela la verdad de la biopolítica. La biopolítica es, en ella misma necropolítica, es decir, una política de y con la muerte.
El libro de Clara Valverde muestra que la política neoliberal consiste en una necropolítica cuyo objetivo declarado es acabar con los excluidos. No se trata de ninguna exageración. El capital desbocado en su marcha adelante destruye todos los obstáculos que encuentra en su camino. Y son obstáculos todas aquellas personas que no son rentables, que no son empleables. Desde los pobres a los discapacitados y dependientes, pasando por los jóvenes o los ancianos sin recursos. El mérito del libro es mostrar cómo ese «poder matar» se materializa en políticas concretas. Clara analiza, especialmente, porque lo conoce muy bien, el tratamiento jurídico-sanitario de los enfermos de SSC, esos «muertos en vida» extremadamente frágiles pero cuya fuerza descoloca la mirada del sentido común. Esta denuncia, en la medida en que la necroplítica es una política de la desaparición, debe extenderse —y esto solo puede ser el
resultado de un trabajo colectivo aún por realizar— a las mujeres asesinadas, especialmente en México, a los jóvenes asesinados en América Central, y así podríamos seguir. Feminicidio, juvenicidio... Es necesario inventar nuevas palabras para designar ese horror. De esta manera sale a la luz el campo de guerra que subyace bajo nuestra imperturbable normalidad. Un campo de guerra en el que la política de la desaparición confiere a la muerte un nuevo estatuto. La muerte socializada como amenaza permanente y signo del poder se pone más allá de sí misma, y no constituye ya límite alguno. Porque aun más terrible que ella misma es la violencia inscrita en el cuerpo de la víctima inocente, cuyo objetivo solo se hace comprensible si se inserta en la estrategia nihilizadora del capital.
Excluidos, pues, serían aquellos que habitan, o mejor dicho, aquellos que intentan sobrevivir en este campo de guerra que abarca toda la Tierra. La necropolítica vincula, absolutamente, política y muerte, y no permite ninguna exterioridad. Pero entonces, ¿por qué hay tanta normalidad si estamos en guerra? Porque el espacio de los posibles recubre el campo de guerra y lo oculta, como la luz oculta la oscuridad. La proclama que rige el funcionamiento del espacio de los posibles es simple: «Eres libre de hacer con tu vida lo que quieras», y los posibles son las latas de oportunidades que abrimos. Sin embargo, nos ahogamos por falta de imposible ya que, en verdad, se trata de una cárcel abierta y autogestionada. En el campo de guerra, por lo contrario, el chantaje de la amenaza y del secuestro extiende el miedo, mientras las jerarquías oscuras organizan el agujero negro de una cárcel cerrada. Los posibles aquí se recogen en una sola imposibilidad, la imposibilidad de vivir.
Pero el campo de guerra y el espacio de los posibles son las dos caras de lo mismo. De una única realidad en la que vivir es aceptar, día a día, que la propia vida no vale nada. Por eso la dualidad excluido/incluido es útil, y a la vez, problemática. Constituye el punto de partida necesario y, sin embargo, tiene que ser dejada a un lado. El desafío consiste en atravesarla: «todos somos (potencialmente) excluidos». La antigua operación política que buscaba dar una centralidad política al margen, no es necesaria. El margen está ya plenamente en el centro. Si pensamos políticamente la exclusión, es decir, si consideramos a los excluidos anomalías peligrosas puesto que interrumpen la máquina de movilización global, entonces el grito de «Basta ya» estalla en una única afirmación colectiva de dignidad. Aunque tampoco hay que engañarse. La vida del joven que no vale nada en Colombia porque su muerte es moneda de cambio no es la vida del joven en paro y sin futuro que malvive en el parque temático llamado Barcelona. Clara Valverde lo sabe perfectamente. Hablar de necropolítica no implica simplificar el discurso ni confundirlo todo. Por esa razón, su libro apunta desde el principio a la cuestión verdaderamente importante: ¿cómo autoorganizar el sufrimiento social? ¿Cómo pensar una alianza política entre todos y todas? Evidentemente, no se nos da la solución aunque sí valiosas indicaciones: los espacios intersticiales en tanto que lugar de encuentro, la empatía radical como base de una unión sin unidad, en definitiva, la propia vulnerabilidad como el modo más radical de hacer frente, paradójicamente, a la necropolítica.

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